TRES HILERAS
Julia abandonó la oficina como lo hacía siempre cada miércoles a las 6:30 p.m., el miércoles era el día de cada semana en el que había decidido programar sus citas con sus clientes más importantes. Siempre procuraba llevar un vestido, tacones, saco corto, media velada, cabello recogido y bien peinado y gustaba de completar su atuendo aplicándose sobre la boca el pintalabios color canela que su madre le había obsequiado cuando tenía 13 años, ella lo atesoraba que para que no se le acabará, solía aplicarse sólo en pequeñas proporciones sobre la parte interior de su boca, luego rozaba su labio superior con el inferior y terminaba su ritual esparciéndose el pintalabios con el dedo anular, asegurándose así de que toda su boca quedará coloreada pero sin gastar mucho de su pequeño tesoro.
La madre de Julia le había dicho que la canela endulzaba las palabras, encantando todo aquello que ella pronunciaba, encantando los deseos que susurraban los espíritus guardianes a cada corazón y que el color canela era tan poderoso que era capaz de revertir el daño causado por un amante, por eso Julia solía conjurar el miedo con ese pequeño objeto que contenía la barrita con la pintura que sabía, olía y se veía como esa palabra mágica que reposaba por unas cuantas horas sobre su boca todos los miércoles de cada semana.
Ese miércoles Julia caminó una cuadra hacia el parqueadero donde había guardado su automóvil, pagó el parking a un precio mucho más alto en relación a los otros días sin entender el motivo real, sin embargo, no discutió con el encargado, Julia era la clase de personas que odiaba discutir por nimiedades, sobre todo con seres arrinconados por la miseria quienes frecuentemente jugaban a ser bribones para ganar tres pesos de más, en lo que para Julia, eran sus inútiles vidas y en las que muy seguramente seguirán siendo miserables hasta el final.
Se sentó en el auto, ajustó su cinturón y condujo hacia la circunvalar en pleno centro de la ciudad de Bogotá, esa noche llovía, por lo que para Julia era perfecto conducir; adoraba la lluvia con la canción de los babasónicos que sonaba en la emisora: “…somos culpables de este amor escandaloso, que el fuego mismo de pasión alimentó en el remanso de la noche impostergable nos averguenza seguir sintiéndolo…”
Justo en la bajada y cuando la noche era perfecta para conducir, se habían formado tres hileras de carros, el tráfico era lento y pudo mirar por su ventana a una mujer de su misma edad quién había perdido el control de su auto golpeando su cabeza contra el volante. Ni siquiera el lápiz labial color canela que la mujer llevaba sobre su boca había sido capaz de conjurar su suerte, mientras Julia se detenía para verla, del automóvil de la mujer bajó un hombre del cual no se había percatado y quién abriendo la puerta de su coche, se sentó a su lado como si nada. El hombre le indicó a Julia con una fría expresión de su mano que condujera.
Julia congelada del miedo por el hombre que estaba a su lado aceleró el coche, en ese momento el hombre sonrió hacia atrás dejando ver tres hileras de dientes una tras otra, él comenzó a lamer el rostro de Julia y cuando ella intentó detenerse para pedir ayuda, el auto no frenó. Julia intentó por todos los medios pisar los frenos hasta el fondo, sin embargo, en lugar de pisar el freno, parecía que hundía el acelerador perdiendo el control, finalmente se estrelló contra un poste de luz, su cabeza se golpeó contra el volante y mientras gotitas de sangre salían de su cien, en sus ojos fijos hacia la ventana del vehículo Julia observó afuera de su auto a una mujer más o menos de su misma edad que llevaba sus labios pintados de color canela, antes de morir pudo sentir como el extraño hombre que iba a su lado se bajo del coche y se sentó a lado de la mujer indicando que condujera.