domingo, 11 de octubre de 2020

EN BUSCA DEL MARIDO PERFECTO

 


Mauric anunció su presencia en la casa de Anabela, quien había estado de mal humor toda la mañana.

Alegre e indiferente de las circunstancias que envolvían en ese preciso instante a Anabela, Mauric la olisqueo hasta ponerse a tono con esa breve nostalgia y la perdida de sentido de realidad que la envolvía, aunque no sabía exactamente que le sucedía. Mauric era muy afín a los sentimientos de Anabela, sobre todo cuando el ambiente de la casa se cargaba de ese aire tanguero y lleno de humo.

¾Sabes algo Mauric, cuando tu padre y yo nos casamos, jamás pensamos en tener hijos, pero luego llegaste tú. ¾Después de un largo silencio, Anabela continúo. ¾Pensé que él siempre querría permanecer a mi lado y amarme. Eso me apena un poco porque yo tenía todo de él y él no quería nada de mí.

Cuando Anabela empezaba con su perorata, no se detenía. Lo hacía como si Mauric definitivamente la comprendiera. ¾Jamás entenderás el profundo pesar que eso me ocasiona… ¾le decía ¾Porque él se deshizo de mí desde el primer instante que intentó cruzar la puerta con su valija, como si nada nos uniera y no hubiéramos creado ningún lazo; como si no hubiésemos alcanzado a construir nada en común. Se intentó deshacer de mí con la facilidad con la que alguien se quita una camisa.

Mauric, atento, se limitaba a observar los asuntos peliagudos que parecía que preocupaban a Anabela. En su mundo, lo único realmente importante era obtener algo de comida y, después de un día tan largo, poder recostar su cuerpo en su cama unas cuantas horas.

Mauric se había acostumbrado a saber cuándo Anabela estaba lo suficientemente ebria para huir por la ventana. Él no le tenía miedo, el problema era que se ponía lo bastante pesada cuando empezaba con sus recuerdos sobre un matrimonio fallido con un hombre con quién Mauric no sentía el más mínimo apego y quién le era absolutamente indiferente.

En su vida gatuna, a Mauric lo único que importaba era Anabela. Realmente ella era una hermosa criatura a quién él le permitía que viviera en su casa y de vez en cuando le admitía armar dramas y berrinches propios de una mujer adolecente. En esos momentos  ella se tornaba molesta. Tanto, como para no querer estar cerca de ella; pero no era así todo el tiempo. En general, solía ser buena con él, lo alimentaba y mantenía su casa limpia. Cambiaba su arenero y, cuando estaba de buen humor, lo peinaba con un cepillo de cerdas suaves y le hacía un buen masaje en la barriga. Todo lo que un gato quiere para su vida.

Mauric no recordaba exactamente el momento en que había decidido acoger a Anabela. Porque estaba seguro que ella era su humana. Así estuviera un poco loca, lo único que importaba es que estaba en su vida y se ocupaba de aquellas cosas que todo gato alfa necesita. Mauric estaba convencido que, de alguna manera, todos los humanos estaban locos. Unos más que otros; al menos está humana era una loca pasible, había escuchado de otros que eran unos verdaderos psicópatas.

¾Toc, toc. ¾Sonó la puerta y, detrás, se escuchó la voz del amigo de infancia de Anabela.

¾Hola, Anabela; soy yo, Roco. Vine a visitarte. ¿Cómo has estado?

¾Hola, Roco. ¾Contestó Anabela al otro lado ¾Pasa, por favor. La puerta está abierta; estoy un poco atareada aquí en la cocina; pero, por favor. Ponte cómodo; en un momento estaré contigo.

Anabela era una mujer munífica al momento de preparar cenas. Su especialidad era pechuga rellena en finas hierbas. Lo solía acompañar de un buen merlot y postre de ciruela. Cuando Rocco entró, lo  sorprendió encontrarla cocinando con un vestido rojo de cóctel entallado y en tacones.

Roco pensó que sería muy incómodo cocinar teniendo que estar pendiente de que su vestido no se manchara o él maquillaje no se corriera, o algún pendiente no cayera dentro de la salsa; y, pese a lo magnifico de la cena, tenía curiosidad sobre los alimentos preparados con unas manos tan esmeradamente maquilladas y pulidas.

¾Anabela querida, ¿así entras a cirugía? ¾Preguntó Rocco, con un tono burlesco.

¾¡No... Jamás! Tú sabes que en el hospital se deben manejar protocolos de asepsia y las uñas maquilladas tienen una cantidad impresionante de gérmenes y bacterias; el protocolo no lo permite. ¾Contestó Anabela, pasando por alto el gesto irónico.

Roco no acostumbraba a ser melindroso; pero, le incomodaba lo mucho que Anabela se había arreglado para ese encuentro cuando lo planeado era jugar cartas, fumar tabaco y tener una charla sobre Lawrence; de hecho, Anabela, era una de las pocas amigas con las que se sentía cómodo hablando sobre cualquier tema e intelectualmente era el ser más apasionante que había conocido. Era como una hermana para él. Por eso, su vestido y su impostura parecían una trampa calculada y eso le molestaba profundamente.

Después de la comida pasaron a la sala de estar, mientras él fumaba, Anabela decidió abrir la ventana e inmediatamente Mauric salió al balcón maullando.

¾Yo lo traeré ¾dijo Roco despreocupado. Ya lo había hecho muchas veces; de hecho, a Roco le caía muy bien Mauric, era un gato mimado y no sabía exactamente de dónde lo había sacado Anabela, pero los dos se respetaban en su naturaleza. Nunca le manifestó a Anabela lo mucho que le debían incomodar a Mauric los moños que ella le  colocaba; pero, entendía también la naturaleza sobrecargada de su amiga. Así que, si Mauric estaba cómodo y feliz con esa relación, no tenía por qué incomodarle a él.

¾No, yo lo haré, déjame a mí. ¾Replicó Anabela desde la cocina mientras alistaba el café.

Anabela se aproximó a la venta y, en un rápido movimiento, Anabela decidió empujar a Mauric, ante la mirada sorprendida de Roco quién no esperaba eso de Anabela. La caída de Mauric fue eterna y en ese instante toda su vida vino a su cabeza. El día que contrajo matrimonio con Anabela y su hermoso vestido blanco, las cenas que ella preparaba y lo hermosa que siempre lucía, el momento en que llegó el hastío y el cansancio, cuando de pronto la comida perfecta y la casa impecable empezaron a ahogarlo, el día que de pronto no quiso ser más su esposo, y entonces recordó el final, cuando decidió empacar un par de camisas, dos o tres trajes y su mano diciendo adiós mientras Anabela se deshacía en llanto y le tiraba el cenicero en la cara… Y ahora estaba cayendo, era el final.  

Entonces empezó a transformarse en un gato y, ante los ojos deshechos en lágrimas de Anabela, por la pérdida de Mauric, estaba segura qué a este gato lo consentiría y lo amaría, y le daría el hogar que todo buen gato necesita.

sábado, 3 de octubre de 2020

 

LA PARTIDA

 

Armando era un hombre distante práctico, absorbido siempre por su trabajo que era excesivamente demandante. Todas las noches, cuando él llegaba a casa, limpiaba las colecciones de juguetes que tenía en los estantes, justo detrás de la puerta de la entrada, lo hacía de una manera minuciosa y todos los días se ocupaba de  los escondrijos y ranuras de aquellas figurillas, evitando así que el polvo se acumulara sobre ellas.

 Por supuesto, Armando no podía dejar de limpiar su maravilloso ajedrez representación de la guerra de las rosas que había sido tallado por un artesano quién había muerto antes de terminar la última pieza: un peón con el cuerpo de un soldado y la cabeza redonda, era la única pieza que no tenía el rostro de un soldadito medieval, con dorados cabellos, sino una bolita de madera, Armando sentía un especial afecto por aquella pieza imperfecta.

Un día, Armando decidió comenzar una partida consigo mismo, él era una persona absolutamente solitaria, un acné  en su adolescencia había marcado su rostro feamente y por su blanca piel parecía que tenía heridas abiertas que empeoraban con el sol, que eran semejantes a ampollas rojas a punto de reventarse, su cuerpo tampoco era bello, su vientre era abultado y sus movimientos graciosos iban acompañados siempre de fatiga, tal vez por los problemas de azúcar que su sobrepeso le causaban.

Para escoger el color, Armando lanzó una moneda al aire, cara determinaba el color  blanco y sello el color negro, miró su rostro reflejado en el espejo del estante y le dijo a su reflejo; -me encanta esté juego- escribiendo de manera automática esta frase en el espejo. En el juego del ajedrez siempre sacan blancas y su apuesta sin haberlo reflexionado bien, era una apuesta por comenzar o no comenzar la partida.

Antes de salir de su casa movió el peón blanco e4, su día transcurrió normal, en medio del bullicio de su trabajo y los formularios que tenía que diligenciar… Armando, casi había olvidado el pequeño juego mental, al llegar a su casa en la noche, misteriosamente el peón negro había sido movido  e5, pero él  no recordaba haberlo hecho, restándole importancia a este detalle simplemente asumió que lo había hecho de manera automática antes de salir. A la mañana siguiente; Armando hizo su siguiente jugada y movió caballo blanco Nf3.

Ese día, igual que el anterior, transcurrió normal, eran las mismas personas de siempre a su alrededor, trabajando, rumiando y hundiéndose entre pequeñas mentiras suburbanas de aparente felicidad, todos ellos se mantenían flotando entre lo fatuo y lo ingenuo, en una redecilla interminable de neuronas espejo de vidas fabricadas por comerciantes de detergente para ropa… era lo de siempre; fulano se acuesta con fulana, fulana está embarazada del jefe y así… esos eran todos los días de su miserable vida.

Al volver a su casa el tablero tenía un nuevo movimiento, peón negro f6. Armando por vez primera dudo de su propia cordura, -¿Cómo era posible?; ¿Acaso alguien más entraba,  mientras él estaba por fuera?- Revisó al interior de la casa para saber si faltaba algo, pero todo estaba en perfecto orden, en su cajita de recuerdos estaban las joyas que le había dejado su madre, sus instrumentos musicales limpios y bien ubicados, sus ahorros escondidos en el cesto de la ropa sucia, sus figurillas… todo estaba absolutamente tal cual lo había dejado en la mañana antes de salir de su casa.

A la mañana siguiente, Armando por simple curiosidad movió peón blanco pd4, se aseguró de que su puerta estuviera bien cerrada y se marchó hacía el trabajo con una gran incertidumbre y una sensación pastosa en la boca. No pudo desayunar bien, simplemente algo dentro de su cabeza no lo dejaba tranquilo, tal vez el miedo de que un extraño lo pudiera estar vigilando, que ese extraño revisará su correspondencia, que leyera su diario y ¿quién sabe?; hasta que fuese un depravado que husmeara sus calzoncillos y tuviera quién sabe qué fantasías en su loca cabeza mientras él no estaba, porque su dinero estaba intacto.

Ese día permaneció con ese extraño frío que congeló alguna parte de su alma, como si esa parte de sí fuera solo alguna loca fantasía que se había inventado alguien, decidió entonces hundirse nuevamente entre cifras contables que era el único mundo seguro para él, el balance del último mes. Cuando llegó a su casa, el peón negro había sido desplazado a d6.

-Esta es una situación que amerita un trago-se dijo a sí mismo, corrió a la nevera y bebió de una cerveza corriente. Mirando con recelo cerró las puertas de su casa con doble pasador, rezo tres padres nuestros y dos aves marías y se puso su pijama afelpada. Pensó un largo rato, la verdad apenas si interactuaba con sus compañeros de trabajo para responder algunas mofas, su vida siempre había sido solitaria, su aspecto no ayudaba mucho y su carácter menos, había sufrido algunas depresiones hasta que en algún momento de su vida optó por dejar de tratar de gustar a los demás, en cambio gustaba le gusta detallar la vida de los demás en silencio porque detrás de cada gran sonrisa siempre había un mundo lleno de mentiras.

A la mañana siguiente, desayuno opíparamente, como estaba acostumbrado a hacerlo, y movió alfil Blanco Bc4. Antes de salir, al descuido observó su peón blanco que estaba ubicado en la posición d4, era el mismo peón que no tenía rostro, pensó que quién sea que fuera su oponente le ganaría y estaba dispuesto a tomar su rey.

Armando tomó el autobús llegó a su oficina, preparó su café, abrió la gaveta, de su escritorio tomó el arma que había comprado cuatro meses atrás y se disparó en el oído derecho.

Esa noche Darío llegó a su casa, alguien estaba moviendo las fichas de su ajedrez y trataba de adivinar quién era, pensó que tal vez era alguno de sus múltiples amigos que entraban y salían de su casa quién además había escrito en el espejo de su casa: “me encanta este juego”,  esta vez hizo su siguiente jugada exd4, peón negro come peón blanco, estaba orgulloso de esa jugada porque podía retirar del tablero a ese feo peón inacabado que no tenía rostro y que él artesano que hizo su ajedrez de lujo no había alcanzado a terminar.

                                                                       

 

lunes, 24 de agosto de 2020

 TRES HILERAS


Julia abandonó la oficina como lo hacía siempre cada miércoles a las 6:30 p.m., el miércoles era el día de cada semana en el que había decidido programar sus citas con sus clientes más importantes. Siempre procuraba llevar un vestido, tacones, saco corto, media velada, cabello recogido y bien peinado y gustaba de completar su atuendo aplicándose sobre la boca el pintalabios color canela que su madre le había obsequiado cuando tenía 13 años, ella lo atesoraba que para que no se le acabará, solía aplicarse sólo en pequeñas proporciones sobre la parte interior de su boca, luego rozaba su labio superior con el inferior y terminaba su ritual esparciéndose el pintalabios con el dedo anular, asegurándose así de que toda su boca quedará coloreada pero sin gastar mucho de su pequeño tesoro.

 La madre de Julia le había dicho que la canela endulzaba las palabras, encantando todo aquello que ella pronunciaba, encantando los deseos que susurraban los espíritus guardianes a cada corazón y que el color canela era tan poderoso que era capaz de revertir el daño causado por un amante, por eso Julia solía conjurar el miedo con ese pequeño objeto que contenía la barrita con la pintura que sabía, olía y se veía como esa palabra mágica que reposaba por unas cuantas horas sobre su boca todos los miércoles de cada semana. 

Ese miércoles Julia caminó una cuadra hacia el parqueadero donde había guardado su automóvil, pagó el parking a un precio mucho más alto en relación a los otros días sin entender el motivo real, sin embargo, no discutió con el encargado, Julia era la clase de personas que odiaba discutir por nimiedades, sobre todo con seres arrinconados por la miseria quienes frecuentemente jugaban a ser bribones para ganar tres pesos de más, en lo que para Julia, eran sus inútiles vidas y en las que muy seguramente seguirán siendo miserables hasta el final.

Se sentó en el auto, ajustó su cinturón y condujo hacia la circunvalar en pleno centro de la ciudad de Bogotá, esa noche llovía, por lo que para Julia era perfecto conducir;  adoraba la lluvia con la canción de los babasónicos que sonaba en la emisora: “…somos culpables de este amor escandaloso, que el fuego mismo de pasión alimentó en el remanso de la noche impostergable nos averguenza seguir sintiéndolo…”

Justo en la bajada y cuando la noche era perfecta para conducir, se habían formado tres hileras de carros, el tráfico era lento y pudo mirar por su ventana a una mujer de su misma edad quién había perdido el control de su auto golpeando su cabeza contra el volante. Ni siquiera el lápiz labial color canela que la mujer llevaba sobre su boca había sido capaz de conjurar su suerte, mientras Julia se detenía para verla, del automóvil de la mujer bajó un hombre del cual no se había percatado y quién abriendo la puerta de su coche, se sentó a su lado como si nada. El hombre le indicó a Julia  con una fría expresión de su mano que condujera.

Julia congelada del miedo por el hombre que estaba a su lado aceleró el coche, en ese momento el hombre sonrió hacia atrás dejando ver tres hileras de dientes una tras otra, él comenzó a lamer el rostro de Julia y cuando ella intentó detenerse para pedir ayuda, el auto no frenó. Julia intentó por todos los medios pisar los frenos hasta el fondo, sin embargo, en lugar de pisar el freno,  parecía que hundía el acelerador perdiendo el control,  finalmente se estrelló contra un poste de luz,  su cabeza se golpeó contra el volante y mientras gotitas de sangre salían de su cien, en sus ojos fijos hacia la ventana del vehículo Julia observó afuera de su auto a una mujer más o menos de su misma edad que llevaba sus labios pintados de color canela, antes de morir pudo sentir como el extraño hombre que iba a su lado se bajo del coche y se sentó a lado de la mujer indicando que condujera.