Mauric anunció su
presencia en la casa de Anabela, quien había estado de mal humor toda la
mañana.
Alegre
e indiferente de las circunstancias que envolvían en ese preciso instante a
Anabela, Mauric la olisqueo hasta ponerse a tono con esa breve nostalgia y la
perdida de sentido de realidad que la envolvía, aunque no sabía exactamente que
le sucedía. Mauric era muy afín a los sentimientos de Anabela, sobre todo cuando
el ambiente de la casa se cargaba de ese aire tanguero y lleno de humo.
¾Sabes algo Mauric, cuando tu padre y yo nos
casamos, jamás pensamos en tener hijos, pero luego llegaste tú. ¾Después de un largo silencio, Anabela continúo. ¾Pensé que él siempre querría permanecer a mi lado
y amarme. Eso me apena un poco porque yo tenía todo de él y él no quería nada
de mí.
Cuando
Anabela empezaba con su perorata, no se detenía. Lo hacía como si Mauric
definitivamente la comprendiera. ¾Jamás entenderás el profundo pesar que eso me
ocasiona… ¾le
decía ¾Porque
él se deshizo de mí desde el primer instante que intentó cruzar la puerta con
su valija, como si nada nos uniera y no hubiéramos creado ningún lazo; como si
no hubiésemos alcanzado a construir nada en común. Se intentó deshacer de mí
con la facilidad con la que alguien se quita una camisa.
Mauric,
atento, se limitaba a observar los asuntos peliagudos que parecía que
preocupaban a Anabela. En su mundo, lo único realmente importante era obtener
algo de comida y, después de un día tan largo, poder recostar su cuerpo en su
cama unas cuantas horas.
Mauric
se había acostumbrado a saber cuándo Anabela estaba lo suficientemente ebria
para huir por la ventana. Él no le tenía miedo, el problema era que se ponía lo
bastante pesada cuando empezaba con sus recuerdos sobre un matrimonio fallido
con un hombre con quién Mauric no sentía el más mínimo apego y quién le era
absolutamente indiferente.
En
su vida gatuna, a Mauric lo único que importaba era Anabela. Realmente ella era
una hermosa criatura a quién él le permitía que viviera en su casa y de vez en
cuando le admitía armar dramas y berrinches propios de una mujer adolecente. En
esos momentos ella se tornaba molesta. Tanto,
como para no querer estar cerca de ella; pero no era así todo el tiempo. En general,
solía ser buena con él, lo alimentaba y mantenía su casa limpia. Cambiaba su
arenero y, cuando estaba de buen humor, lo peinaba con un cepillo de cerdas
suaves y le hacía un buen masaje en la barriga. Todo lo que un gato quiere para
su vida.
Mauric
no recordaba exactamente el momento en que había decidido acoger a Anabela. Porque
estaba seguro que ella era su humana. Así estuviera un poco loca, lo único que
importaba es que estaba en su vida y se ocupaba de aquellas cosas que todo gato
alfa necesita. Mauric estaba convencido que, de alguna manera, todos los
humanos estaban locos. Unos más que otros; al menos está humana era una loca
pasible, había escuchado de otros que eran unos verdaderos psicópatas.
¾Toc, toc. ¾Sonó la puerta y, detrás, se escuchó la voz del
amigo de infancia de Anabela.
¾Hola, Anabela; soy yo, Roco. Vine a visitarte.
¿Cómo has estado?
¾Hola, Roco. ¾Contestó Anabela al otro lado ¾Pasa, por favor. La puerta está abierta; estoy un
poco atareada aquí en la cocina; pero, por favor. Ponte cómodo; en un momento
estaré contigo.
Anabela
era una mujer munífica al momento de preparar cenas. Su especialidad era
pechuga rellena en finas hierbas. Lo solía acompañar de un buen merlot y postre
de ciruela. Cuando Rocco entró, lo sorprendió
encontrarla cocinando con un vestido rojo de cóctel entallado y en tacones.
Roco
pensó que sería muy incómodo cocinar teniendo que estar pendiente de que su
vestido no se manchara o él maquillaje no se corriera, o algún pendiente no
cayera dentro de la salsa; y, pese a lo magnifico de la cena, tenía curiosidad
sobre los alimentos preparados con unas manos tan esmeradamente maquilladas y
pulidas.
¾Anabela querida, ¿así entras a cirugía? ¾Preguntó Rocco, con un tono burlesco.
¾¡No... Jamás! Tú sabes que en el hospital se deben
manejar protocolos de asepsia y las uñas maquilladas tienen una cantidad
impresionante de gérmenes y bacterias; el protocolo no lo permite. ¾Contestó Anabela, pasando por alto el gesto irónico.
Roco
no acostumbraba a ser melindroso; pero, le incomodaba lo mucho que Anabela se
había arreglado para ese encuentro cuando lo planeado era jugar cartas, fumar
tabaco y tener una charla sobre Lawrence; de hecho, Anabela, era una de las pocas
amigas con las que se sentía cómodo hablando sobre cualquier tema e
intelectualmente era el ser más apasionante que había conocido. Era como una
hermana para él. Por eso, su vestido y su impostura parecían una trampa
calculada y eso le molestaba profundamente.
Después
de la comida pasaron a la sala de estar, mientras él fumaba, Anabela decidió
abrir la ventana e inmediatamente Mauric salió al balcón maullando.
¾Yo lo traeré ¾dijo Roco despreocupado. Ya lo había hecho muchas veces;
de hecho, a Roco le caía muy bien Mauric, era un gato mimado y no sabía
exactamente de dónde lo había sacado Anabela, pero los dos se respetaban en su
naturaleza. Nunca le manifestó a Anabela lo mucho que le debían incomodar a
Mauric los moños que ella le colocaba; pero,
entendía también la naturaleza sobrecargada de su amiga. Así que, si Mauric
estaba cómodo y feliz con esa relación, no tenía por qué incomodarle a él.
¾No, yo lo haré, déjame a mí. ¾Replicó Anabela desde la cocina mientras alistaba
el café.
Anabela
se aproximó a la venta y, en un rápido movimiento, Anabela decidió empujar a
Mauric, ante la mirada sorprendida de Roco quién no esperaba eso de Anabela. La
caída de Mauric fue eterna y en ese instante toda su vida vino a su cabeza. El día
que contrajo matrimonio con Anabela y su hermoso vestido blanco, las cenas que
ella preparaba y lo hermosa que siempre lucía, el momento en que llegó el
hastío y el cansancio, cuando de pronto la comida perfecta y la casa impecable
empezaron a ahogarlo, el día que de pronto no quiso ser más su esposo, y
entonces recordó el final, cuando decidió empacar un par de camisas, dos o tres
trajes y su mano diciendo adiós mientras Anabela se deshacía en llanto y le
tiraba el cenicero en la cara… Y ahora estaba cayendo, era el final.
Entonces empezó a
transformarse en un gato y, ante los ojos deshechos en lágrimas de Anabela, por
la pérdida de Mauric, estaba segura qué a este gato lo consentiría y lo amaría,
y le daría el hogar que todo buen gato necesita.

No hay comentarios:
Publicar un comentario